Manos de Topo en Valencia

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Antes que nada dos cosas han de quedar claras. La primera es que va a ser imposible ser imparcial con Manos de Topo. Amo a éste grupo en su conjunto y todo lo que representan y sí, sé que tú no los soportas. La segunda es que, por la emoción, por ser casi San Valentín y por ningún motivo en concreto más, empecé la previa de éste concierto un poco más temprano de lo habitual. Por lo que a la hora del concierto ya estaba en modo Massiel, así que mi experiencia del concierto (y los recuerdos que quedan de él) no pueden ser nada racionales. Más bien sensorial y sentimental, muy sentimental. Es decir, que es probable que entiendas poco de ésta crítica. Y si lo entiendes, enhorabuena. Enhorabuena y háztelo mirar.

Bueno, comencemos. El concierto daba comienzo con Pelícano como banda invitada. Con dos EPs a sus espaldas, el tercero acabadito de salir del horno y cinco años de experiencia resultó ser un descubrimiento muy interesante. No en vano, éste grupo fue finalista en el concurso Vinilo Valencia y (ojo cuidao) semifinalista en Proyecto Demo de Radio3. Cuatro chicos dándolo todo en el escenario y, sobretodo, ruido, mucho ruido.

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Tras éste breve recital llegaban los queridos topis. Se nota en éste grupo que todos se llevan de maravilla y son auténticos amigos ( o lo disimulan muy bien). Hablando más de lo que pensaba (eso es bueno), Miguel Ángel Blanca nos fue deleitando con su sensual voz. Horas y horas de clases de canto bien aprovechadas. Un repaso a su nuevo disco Caminitos del Deseo junto a pasadas puntuales a sus temazos antiguos. Yo, berreando y llorando en los antiguos, gritando frases sueltas y moviendo la boca sin emitir sonido con las canciones nuevas. En medio un par de cervezas más, al lado una chica que se sabía TODAS las canciones, y delante mi amiga Marta discutiéndome. ¿La discusión? Ella decía que Sara, la violinista, era más seria que todas las cosas. Yo le decía que tenía la sonrisa más bonita del mundo. Efectivamente, ambos teníamos razón. La razón hiperbolizada de dos borrachos.

Y al final del todo, una experiencia que nos sacó una gran sonrisa y un pedazo de suspiro. Así se puede aguantar de sobra la resaca de un día de San Valentín.

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